Soy hijo de padres trabajadores, eso quiere decir que he pasado mi infancia y parte de mi adolescencia conviviendo con mis abuelos.
Mi abuela era la encargada de despertarnos, a mis dos hermanas y a mi, para ir al cole y la que preparaba esos desayunos de pan tostado y cacao azucarado, no colacao, cacao natural con azúcar de Casa Raposo.
El olor a pan tostado y el sonido de la radio puesta en la cocina, ese recuerdo de una radionovela, La Saga de Los Porretas, que los cuatro seguíamos con entusiasmo entre bocado y bocado y comentábamos entre sorbo y sorbo. La gracia era que el protagonista se llamaba como nuestro padre, je... Nada más que eso. El bueno de Avelino.
Hoy me he acordado, a la hora de la cena, de esos desayunos tan entrañables.
3 comentarios:
Uhmm, que delicia de desayuno, tanto por lo que comíais, como por el momento que se hacía cómplice entre vosotros.
En casa los desayunos eran a base de una papilla de chocolate que se llamaba fosfatina y que estaba riquísima. Y era un buen sustituyo de los complejos vitamínicos y el jarabe de aceite de hígado de bacalao, de la que nos salvó a mi hermana y a mi la deliciosa papilla.
Hay recuerdos de esos que dejan un buen sabor de boca.
Puaggg. Aceite de hígado de bacalao, de ese no se libraba nadie, tarde o temprano te tenías que tomar una cucharadita... de nuestra generación no creo que nadie se haya perdido un par de carreras para escapar del oscuro líquido.
Agg, pobrecillo, yo me libré con la fosfatina del jarabe de marras.
Me gusta mucho la foto que publicaste. Es una vista preciosa del río, y se nota el movimiento, el fluir, está genial.
Será un placer que me enlaces, no tenías que pedir permiso. Gracias.
Publicar un comentario