Era invierno y, como siempre sucede en esta ciudad, estaba lloviendo y hacía frío. El cielo estaba cubierto de nubes plomizas que no auguraban que el tiempo fuese a mejorar en breve y nos resignamos a pasar la tarde del domingo en casa después del paseo matinal por el Jardín Botánico de Chelsea, el almuerzo en el restaurante de Gordon Ramsay y la obligada compra de flores frescas que ella siempre coloca con mimo en los jarrones del salón.
- ¿Café o té?
- Hoy me apetece más un café, de ese que toma Clooney sería perfecto.
La dejé sola con su ritual de las flores y preparé café para los dos. Que raro, yo siempre tomo café aunque sean las cinco pero ella es más de infusiones y me extrañó un poco, pero no le di mayor importancia. Uno corto, para ella, otro largo para mi. Entre capsula y capsula la oí canturrear en el salón. Estaba contenta, los dos lo estamos de alguna manera. A menos de dos semanas de celebrar nuestro primer aniversario juntos las cosas marchan muy bien entre nosotros y llevamos una vida en común como jamás he vivido con nadie. La complicidad es total. Nos llevamos bien y tenemos gustos y formas de ver la vida casi idénticos. Me gusta salir a correr con ella o montar en bici por los parques de la ciudad o por los caminos de los alrederores de la City. Me gusta que me acompañe al gimnasio y que se esfuerce en hacer los mismos ejercicios que yo. Pero lo que más me gusta en sentarme a su lado y escucharla como me cuenta su cotidianidad, como ama su trabajo, como se esfuerza en mejorar cada día y en hacer fácil lo difícil. Como aguanta estoicamente las dificultades y afronta sin miedo todas las visicitudes de una profesión tan ingrata como reconfortante. Me siento agusto. Tan agusto que estoy pensando que soy feliz por primera vez en la vida.
Se sentó a mi lado y tomó un sorbo de la taza que habíamos comprado juntos en una pequeña tienda en la calle Ayala en Madrid en nuestra última escapada no hace mucho tiempo. Me miró a los ojos, me besó en los labios e inclinó su cabeza de pelo negro, largo y rizado para apoyarla en mi hombro. En silencio tomamos el café mientras sonaba Sinatra en el equipo de música.
- ¿Sabes qué?
- Que. Contesté dormitando.
- Creo que estoy embarazada.
- ¿Cómo qué crees que estás embarazada?
- Bueno, no lo creo. Lo sé. Soy médico. Lo estoy, aunque no hace falta ser médico para saber según que cosas.
Desperté de golpe. Abrí los ojos y todavía estaba todo oscuro. Me dí la vuelta en la cama y encontré su cuerpo caliente y desnudo. La abrecé fuerte y volví a quedarme dormido pensando que un Toñito no sería una mala idea...