miércoles, 20 de junio de 2007

Hola verano.




Llegamos temprano. La playa estaba vacía de gente todavía, así que ella decidió sacarse, con un poco de vergüenza, la pequeña parte de tela que cubría sus pechos, sus hermosos pechos grandes y duros, mientras que yo, ya acostumbrado al nudismo, acabé totalmente tumbado sobre una toalla al lado de la suya. Sabía que yo le gustaba, lo veía en su cara, lo presentí cuando el color pálido de su rostro se descompuso en el momento de darme el primer abrazo.

Habíamos quedado para pasar un día de playa, de sol y charla, un eufemismo vaya. Nos gustábamos. Nos gustábamos mucho. Lo que los dos queríamos era tener sexo. Y la playa, a primera hora de la mañana, era el mejor sitio imaginado.

Se le iluminaron los ojos al ver mi polla. La expresión de su cara hizo un giro de noventa grados. Un hombre sabe estas cosas.

Ya acomodado a su lado le pedí otro abrazo, fue un abrazo prieto, grande, de muchos kilates. Acarié su espalda, su cintura y me atreví a tocar el inicio de su culo, la braga de su bikini, pero ella retrocedió a mis caricias, a mi primer intento de aproximación sexual. Aunque yo sentía la dureza de sus pechos en contacto con mi torso y su aliento entrecortado en mi cuello mientras yo le daba pequeños besos detrás de su oreja.

Es sólo cuestión de tiempo, esto es tan seguro como el dinero en el banco. Me dije.

Un poco de lectura después de extendernos mutuamente el protector solar por nuestras espaldas... la dejé, podría haberle propuesto más, pero preferí esperar, excitado, pero esperando el momento.

Y llegó.

Se puso la camiseta y este sencillo movimiento hizo que mi sangre regara tan sólo un músculo y ya no mi cerebro, y cuando noté sus pezones sobresalir de la blanca tela de algodón decidí invitarla a darnos un baño. Aceptó y saboree el delicado momento en el que se quitó la prenda. Tan lento, tan sensual...

Nos costó entrar en el agua fría. Puñetero Atlántico.

Jugamos con las olas, volvimos a rozarnos, yo desnudo, ella, a medias. Sus pechos rozaban mi pecho y mi polla rozaba su pubis por encima del bañador. Ahora ya no se apartaba, se arrimaba, se dejaba querer.

Yo ya estaba totalmente excitado y quería hacerlo allí mismo. No podía ser porque poco a poco la playa se había llenado de gente y sabía que ella no lo habría consentido, pero los juegos de abrazos, besos en la mejilla, caricias en la cara, alguna que otra frase erótica habían puesto sus ojos fuera de toda órbita natural y el sonrojo de su piel, otra vez, denotaba más excitación que vergüenza.

No volvimos a la toalla.

Directamente nos fuimos a las dunas al fondo de la playa, apartados, pero no tanto, de miradas indiscretas, y poco a poco nos llenamos de arena mientras rodábamos abrazados.

Por fin me tocó ahí y comenzó a mover la mano mientras le pedía que fuésemos de nuevo al agua a limpiarnos las arenas para poder disfrutar plenamente de nuestros cuerpos.

Dijo que no.

Nos besamos mientras ella me masturbaba y no dejaba que yo llegase más allá de su ombligo. Le pedí que me la chupase y lo hizo. Le advertí que me iba a correr en su boca y siguió absorbiendo. Naturalmente se me escapó y ella siguió durante algún tiempo sin inmutarse, con los ojos cerrados, tragándolo todo.

Nuestras toallas quedaron al sol esperando a ser sacudidas, dobladas y guardadas mientras observábamos la puesta de sol.

miércoles, 30 de mayo de 2007

El primer

Éramos jóvenes. Todo pasión.
El mistela, ese vino dulce, había hecho sus efectos y esa tarde de verano los calores del ambiente se mezclaban con los de nuestros cuerpos en una combinación explosiva que no podría dar lugar a nada bueno.
La abracé y la besé allí mismo, en el portal de una desconocida calle del ensanche de la ciudad. Pero ese, aunque fue nuestro primer beso, no fue un beso de amor, fue un beso salvaje, de pasión y fuego. Creo que quisimos liberar, a través de nuestra saliva temperatura corporal, llegar a un estado de hipotermia cuando el asfalto quemaba en nuestros pies.
Ella, con su camiseta de tiras y fino pantalón, subida a la escalera de acceso a la vivienda, yo abajo, en la acera, para quedarle a la altura. Así, mientras nuestras lenguas eran sólo una y nuestras manos intentaban buscar una salida entre la ropa interior del otro; así fue como mis manos se encontaron por primera vez con sus pequeños y redondeados pechos. Acariciándolos notaba como sus pezones se erizaban al contacto con mis dedos. Los pellizcaba suavemente y ella intensificaba el movimiento de su lengua dentro de mi boca. Estuve así un largo rato, hasta que decidí buscar más allá y mi mano derecha se coló entre su pantalón por la parte de atrás. Salvé como pude el escollo de su braga y toque la suave piel de su culo. Apreté ligeramente y todavía recuerdo la redondez casi perfecta de sus nalgas. Ella, mientras tanto, se entretenía acariciando mi entrepierna por encima del gastado vaquero de color azul en una especie de simulacro de masturbación.
En plena calle, a plena luz; tuvimos nuestro primer orgasmo juntos. Y no sería el único.

domingo, 18 de febrero de 2007

Sólo que lo sepas...

Después de todo este tiempo
aún no sé muy bien si es el amor
o su recuerdo lo que me sostiene,
lo que me hace seguir caminando,
porque por puro principio físico
lo real se halla siempre más distante
que su reflejo.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Esto le dije......

Siento que mi alma se encuentra perdida
que se junta la noche y el día

Siento que si te veo
terremotos recorren todo mi cuerpo

Haces que se vaya mi melancolía
me devuelves de nuevo a la vida

Antes de llegar siquiera a conocerte
mucho antes ya te quería
como algo inalcanzable
así así así así te quería

Haces que se vaya mi melancolía
me devuelves de nuevo a la vida
tu haces que se vaya mi melancolía
me devuelves de nuevo a la vida

Quiero un mundo nuevo
mi corazón no lo compra el dinero
quiero palmas que acompañen a mi alma

Haces que se vaya mi melancolía
me devuelves de nuevo a la vida
tu haces que se vaya mi melancolía
me devuelves de nuevo a la vida


Resurrección


"Amaral"

martes, 6 de febrero de 2007

Aquellos desayunos...



Soy hijo de padres trabajadores, eso quiere decir que he pasado mi infancia y parte de mi adolescencia conviviendo con mis abuelos.

Mi abuela era la encargada de despertarnos, a mis dos hermanas y a mi, para ir al cole y la que preparaba esos desayunos de pan tostado y cacao azucarado, no colacao, cacao natural con azúcar de Casa Raposo.

El olor a pan tostado y el sonido de la radio puesta en la cocina, ese recuerdo de una radionovela, La Saga de Los Porretas, que los cuatro seguíamos con entusiasmo entre bocado y bocado y comentábamos entre sorbo y sorbo. La gracia era que el protagonista se llamaba como nuestro padre, je... Nada más que eso. El bueno de Avelino.

Hoy me he acordado, a la hora de la cena, de esos desayunos tan entrañables.

lunes, 5 de febrero de 2007

Amigos vs Compañeros

¿Se pueden tener amigos dentro del trabajo?

Yo me quedo con compañeros.
No es que sea un ogro, aunque algunos lo piensen, no.

Quiero separar lo extrictamente laboral de lo cotidiano.

Los amigos los dejo para conversar delante de una taza de café, un plato de comida o un paseo por las calles. Para contarles mis verdaderos problemas y escuchar lo que tienen que decir.

Los compañeros de trabajo, aunque les cuentes pequeños secretos no dejan de ser eso, compañeros... está bien..., pasas más horas con ellos que con los verdaderos amigos, pero es que no he conseguido verdadera química con ninguno, entonces prefiero... ¿mantenerme al margen?

domingo, 4 de febrero de 2007

No me acostumbro

No, no me acostumbro a estar sin ellas.

Desde que nacieron las he cuidado, las he mimado y he compartido todo el tiempo que pude de juegos, lloros, enfermedades, risas, vomitonas y cambios de sábanas en mitad de la noche.

Pero ahora que estoy lejos no me acostumbro a estar sin ellas.

No me acostumbro a saber que me estoy perdiendo su infancia, y que posiblemente me esté perdiendo toda su vida.

No me acostumbro a saber que sólo las puedo ver una vez al mes.

No, no me acostumbro.