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Llegamos temprano. La playa estaba vacía de gente todavía, así que ella decidió sacarse, con un poco de vergüenza, la pequeña parte de tela que cubría sus pechos, sus hermosos pechos grandes y duros, mientras que yo, ya acostumbrado al nudismo, acabé totalmente tumbado sobre una toalla al lado de la suya. Sabía que yo le gustaba, lo veía en su cara, lo presentí cuando el color pálido de su rostro se descompuso en el momento de darme el primer abrazo.
Habíamos quedado para pasar un día de playa, de sol y charla, un eufemismo vaya. Nos gustábamos. Nos gustábamos mucho. Lo que los dos queríamos era tener sexo. Y la playa, a primera hora de la mañana, era el mejor sitio imaginado.
Se le iluminaron los ojos al ver mi polla. La expresión de su cara hizo un giro de noventa grados. Un hombre sabe estas cosas.
Ya acomodado a su lado le pedí otro abrazo, fue un abrazo prieto, grande, de muchos kilates. Acarié su espalda, su cintura y me atreví a tocar el inicio de su culo, la braga de su bikini, pero ella retrocedió a mis caricias, a mi primer intento de aproximación sexual. Aunque yo sentía la dureza de sus pechos en contacto con mi torso y su aliento entrecortado en mi cuello mientras yo le daba pequeños besos detrás de su oreja.
Es sólo cuestión de tiempo, esto es tan seguro como el dinero en el banco. Me dije.
Un poco de lectura después de extendernos mutuamente el protector solar por nuestras espaldas... la dejé, podría haberle propuesto más, pero preferí esperar, excitado, pero esperando el momento.
Y llegó.
Se puso la camiseta y este sencillo movimiento hizo que mi sangre regara tan sólo un músculo y ya no mi cerebro, y cuando noté sus pezones sobresalir de la blanca tela de algodón decidí invitarla a darnos un baño. Aceptó y saboree el delicado momento en el que se quitó la prenda. Tan lento, tan sensual...
Nos costó entrar en el agua fría. Puñetero Atlántico.
Jugamos con las olas, volvimos a rozarnos, yo desnudo, ella, a medias. Sus pechos rozaban mi pecho y mi polla rozaba su pubis por encima del bañador. Ahora ya no se apartaba, se arrimaba, se dejaba querer.
Yo ya estaba totalmente excitado y quería hacerlo allí mismo. No podía ser porque poco a poco la playa se había llenado de gente y sabía que ella no lo habría consentido, pero los juegos de abrazos, besos en la mejilla, caricias en la cara, alguna que otra frase erótica habían puesto sus ojos fuera de toda órbita natural y el sonrojo de su piel, otra vez, denotaba más excitación que vergüenza.
No volvimos a la toalla.
Directamente nos fuimos a las dunas al fondo de la playa, apartados, pero no tanto, de miradas indiscretas, y poco a poco nos llenamos de arena mientras rodábamos abrazados.
Por fin me tocó ahí y comenzó a mover la mano mientras le pedía que fuésemos de nuevo al agua a limpiarnos las arenas para poder disfrutar plenamente de nuestros cuerpos.
Dijo que no.
Nos besamos mientras ella me masturbaba y no dejaba que yo llegase más allá de su ombligo. Le pedí que me la chupase y lo hizo. Le advertí que me iba a correr en su boca y siguió absorbiendo. Naturalmente se me escapó y ella siguió durante algún tiempo sin inmutarse, con los ojos cerrados, tragándolo todo.
Nuestras toallas quedaron al sol esperando a ser sacudidas, dobladas y guardadas mientras observábamos la puesta de sol.