miércoles, 30 de mayo de 2007

El primer

Éramos jóvenes. Todo pasión.
El mistela, ese vino dulce, había hecho sus efectos y esa tarde de verano los calores del ambiente se mezclaban con los de nuestros cuerpos en una combinación explosiva que no podría dar lugar a nada bueno.
La abracé y la besé allí mismo, en el portal de una desconocida calle del ensanche de la ciudad. Pero ese, aunque fue nuestro primer beso, no fue un beso de amor, fue un beso salvaje, de pasión y fuego. Creo que quisimos liberar, a través de nuestra saliva temperatura corporal, llegar a un estado de hipotermia cuando el asfalto quemaba en nuestros pies.
Ella, con su camiseta de tiras y fino pantalón, subida a la escalera de acceso a la vivienda, yo abajo, en la acera, para quedarle a la altura. Así, mientras nuestras lenguas eran sólo una y nuestras manos intentaban buscar una salida entre la ropa interior del otro; así fue como mis manos se encontaron por primera vez con sus pequeños y redondeados pechos. Acariciándolos notaba como sus pezones se erizaban al contacto con mis dedos. Los pellizcaba suavemente y ella intensificaba el movimiento de su lengua dentro de mi boca. Estuve así un largo rato, hasta que decidí buscar más allá y mi mano derecha se coló entre su pantalón por la parte de atrás. Salvé como pude el escollo de su braga y toque la suave piel de su culo. Apreté ligeramente y todavía recuerdo la redondez casi perfecta de sus nalgas. Ella, mientras tanto, se entretenía acariciando mi entrepierna por encima del gastado vaquero de color azul en una especie de simulacro de masturbación.
En plena calle, a plena luz; tuvimos nuestro primer orgasmo juntos. Y no sería el único.